De los universos ficticios que surgieron durante los 90’s y los 00’s, cuando eras niño, ¿cuál era tu preferido?

Tengo que pensarlo... Una cosa es mis favoritos de entonces, y otra distinta la reconstrucción de la memoria que al crecer he hecho sobre lo que creía que eran mis favoritos.

Puedes decirme las dos.

Pues… Esto me recuerda a varias cosas. Primero. Un autor, una persona de quien aprendí mucho sobre Lacan, que se llama Jesús Gonzalez Requena. Trabaja en la Complutense. Explica que los niños suelen pedir de forma compulsiva que les cuenten el mismo cuento, sin modificaciones. Esto sucede porque los cuentos, cumpliendo la función de reprimir las pulsiones que habitan a los niños pequeños, ofrecen un escenario simbólico que favorece la conciliación del sueño. En plan: Aladdín mata a Jafar y, tras matar a Jaffar, que sería la pulsión de Aladdín exteriorizada, Aladdín accede al cuerpo de Jasmín. Y así se casan. En ese sentido, al destruir al antagonista no es tanto que se esté destruyendo un objeto externo sino, en todo caso, una proyección pulsional de la propia economía psíquica del héroe. O sea, esto es el proceso de castración, de entrada en la Ley, en lo simbólico… Ya para acceder al amor o a lo que sea. San Jorge y el Dragón. Etc. Total, que digo esto porque los niños siempre ven las mismas películas. Yo siempre veía la misma. Y la veía muchísimo, rollo varias veces al día, porque era un niño un poco trasto, y ese era el mecanismo de control de mis padres: Blancanieves. Blancanieves y Aladdín. Que luego son pelis que he visto de adolescente, y siendo adulto, y no me han hecho tanta gracia. Más tarde, cuando crecí, leí la típica literatura juvenil estilo Crepúsculo. Eso me lo tragué como agua de mayo, me encantaba.

[Risas]

Y eso… Que por alguna razón los niños siempre quieren que les cuenten la misma historia. Quieren ver en bucle la misma narración. Luego, siendo adolescente... Bueno, y también de niño… Me flipaba bastante todo lo que ponían en Cartoon Network. Siempre vuelvo a los dibujos animados, me encantan. Esa época fue como una edad de oro en la historia de los dibujos. Internet era todavía bastante primitivo, y aún se financiaban bien esas producciones porque YouTube no entraba en la competición. Además, eran series absolutamente dadaístas. Vaca y pollo, donde los padres solo eran unas piernas, con la connotación psicoanalítica que conlleva que los padres sean solo unas piernas, un cuerpo fragmentado; pero a la vez: unas piernas, aquello que sostiene a un cuerpo. O por ejemplo Ed, Edd y Eddy… Que es un universo donde no existen los adultos. Y todo esto me parece relevante.

Que eran tres amigos, ¿no?

Sí. La serie Ed, Edd y Eddy representa un poco el cinismo neoliberal, ¿no? Porque ellos son emprendedores en el sentido chanchullero del término. No son empresarios “serios” con sus estructuras administrativas, sino estos emprendedores que no sabes bien a qué se dedican. En plan [Adopta aquí un extraño tono de vendedor]: “¡He trabajado en el FBI, en la CIA, en el Vaticano! No has aprendido bien inglés porque siempre te lo han enseñado mal. Con mi método...”. [Risas] Para conseguir las gominolas estas… Si Ed, Edd y Eddy se hubiese escrito ahora mismo entonces esos personajes estarían haciendo estafas piramidales por Instagram, y tendrían el pelo de la nuca degradado. Siempre querían conseguir esas gominolas gigantes.

Sí, que aquellas gominolas eran como pollos de coca.

¡Sí, sí! [Risas] Bueno, no sé la connotación que tiene eso… Y luego recientemente he estado viendo capítulos de La Banda del Patio, y esa serie sí que me parece flipante. Puro vigilar y castigar. Cómo impartir justicia… La señora… Ay, ¿cómo se llamaba la señora esta…? [Se lleva una mano a la cara, tapándose los ojos]


Sé quién dices. Me sale Gretchen, pero no es…

No, no… Gretchen es la chica científica… ¡FINSTER! La señorita Finster, con el topo Randall… Que, por cierto, volviendo a ver bien todos los capítulos la lectura que he hecho no es que Randall sea un chivato perverso sino que, al sufrir bullying por su condición de jorobado, no le queda otra que refugiarse en la señorita Finster para protegerse.

Que él vive encorvado, como rehuyendo.

Está hecho para que le metan caña. Luego hay un capítulo que he visto recientemente, que es genial... Immanuel Wallerstein es un economista que explica bien una de las contradicciones inherentes al sistema de economía de mercado, una contradicción señalada por muchos, y que conduce a un glitch estructural: que quien produce una mercancía quiere también reducir los costes del trabajo al mínimo para obtener el mayor beneficio, pero al mismo tiempo necesita de consumidores bien surtidos para que la cosa marche. Pues hay un capítulo de La Banda del Patio donde pasa eso mismo: se introducen unas pegatinas como moneda de cambio y, de repente, toda actividad posible se capitaliza. T. J. Detweiler, que no tiene ninguna pegatina, empieza poco a poco su escalada, y se hace con el control burgués del patio del recreo, y lo que sucede al final es que él acumula todas las pegatinas… de forma que la circulación del capital se detiene. Economía en el patio del recreo, se llama. Y bueno… También está la profesora…

¿La que tiene un aire hippie?

Sí… La señorita Grotke, que siempre tiene sus salidas como [Imita la voz de la susodicha profesora]: “Chicos, no hagáis caso a este libro de historia porque solo refleja lo relativo a los varones blancos occidentales”. Buenísimo. Y Spinelli, que no encaja en el sistema sexo-género-deseo… Sí que en un episodio tiene un crush con un chico, pero ella no se identifica con la socialización chica tal como lo hacen las Ashleys, y así. O sea, que toda la serie está trufada de elementos políticos que llegaron a la sociedad unos años más tarde. No sé, me parece genial.

Es una serie muy interesante. Además, parte del precepto de la clandestinidad. Prácticamente todo lo que hacen los y las protagonistas de la serie es como un juego clandestino, en la sombra, que incluso se ve en el opening de la serie, que es un trapicheo constante: yo te paso esto, tú se lo das a él, él se lo hace llegar a ella…

¡Sí! Es que en la serie se plantea el patio del recreo, que por cierto es una cosa que nombro en Dios tenía la misma consistencia que el Pato Donald, como espacio de producción de la subjetividad configurada bajo la mecánica del control panóptico. Tienen que comportarse de forma clandestina, no queda otra.

Sí, y también sucede un poco lo que con Winnie de Poo, que los amigos imaginarios del niño protagonista en teoría representan diferentes trastornos: el burro es la depresión, el tigre la hiperactividad… Sucede lo mismo en La banda del patio desde un punto de vista arquetípico. Los componentes de la banda de T. J. son arquetipos sociales estadounidenses, e incluso estereotipos: el afroamericano baloncestista, el gordo ingenuo…

Sí, pero creo que eso es una lectura desde nuestra época. Sí que es verdad que los personajes están estereotipados, pero Vince, por ejemplo, siendo el afroamericano que siempre gana en todos los deporte, aunque podamos leer esto en clave de estereotipo ahora mismo, en su momento era más bien una forma de identificar a ese sector de la población con la posibilidad de vencer, dotando de herramientas imaginarias a esos niños: por eso se llama Vince. Piensa que es una época en la que… No sé, ¿en qué época salió La Banda del Patio? Creo que fue cuando estaba George Bush Jr., que se estaba gestando un conservadurismo bastante heavy y también todo el obamismo que vendría después ¿no?

Según internet empezó en el 97.

¿Y quién estaba en el 97 en Estados Unidos?

Clinton.

Todavía estaba Clinton. Encaja… En todo caso, la recepción de la serie fue más durante la época de George Bush Jr.

Aquí dice que tuvo diez temporadas. Estaba en antena durante la crisis del 11-S y demás.

Sí. La verdad es que veo bastante espíritu progresista en la serie, a pesar de los estereotipos.

Yo también se lo veo, pero también le veo esta vertiente de configurar a sus personajes mediante arquetipos claros. Por supuesto, cuando era niño no me paraba a decir: “Anda, fíjate qué prejuiciosos están siendo…”. Pero ahí tienes al poeta que es un tío buenazo, enorme, todo el rato ensimismado. O al hijo de militar que es un debilucho con la camisa metida por dentro de los pantalones excesivamente disciplinado.

Claro, aún así sigue siendo progresista. El debilucho, por ejemplo, contrasta con su padre, que es el típico macho militar del partido republicano; y él es un pringado sensiblero que nunca se atreve a enfrentarse a nadie en el patio del recreo pero que cuando ve una injusticia tiene que intervenir… También aparecen muchas referencias a la Guerra Fría, por cierto, a movidas soviéticas. Eso me flipa.

Eso no lo recuerdo.

Sí, sí. Hay varias, como cuando llaman por teléfono al Director Prickly con el pseudónimo de Boris Sputnik [Ríe]. Supongo que los guionistas buscaban ridiculizar el relato maccarthista que tanto pegó en Estados Unidos. Imagínate cómo fue la presencia fantasmal del comunismo en el discurso político estadounidense como para que se filtre tal cosa en una serie de dibujos para niños. En fin.

Después está el tema de que el recreo es un sistema monárquico. Tienen un rey al que todos rinden pleitesía y demás.

O sea [Ríe], es que como sigamos hablando de esto no podré parar.

[Risas]

Es un sistema mixto. Es un sistema monárquico porque normalmente las jerarquías de los niños son poco democráticas… Al menos cuando yo era niño. Y creo que antes era todavía peor. Por ejemplo, cuando lees Los niños tontos, de Ana María Matute, y ves cómo se refleja ahí una cierta antropología de la infancia: los niños con su bullying extremo, que matan palomas, que se tiran piedras a la cabeza o lo que sea… Pero hay un capítulo en La Banda del Patio en el que se celebran unas elecciones a delegado, y hay dos proyectos: el proyecto de Vince, que es afroamericano pero hace su campaña en color rojo, que es el color de los republicanos; y el proyecto de Gretchen, que es la candidata demócrata. Vince es el candidato populista, que besa bebés, que hace deporte; y Gretchen es la que quiere formar un consejo de estudiantes, organizarse… O sea, que el capítulo plantea la posibilidad de un candidato afroamericano conservador. Finalmente el voto está dividido por género: las chicas con Gretchen, los chicos con Vince, pero es precisamente Vince quien acaba votando a Gretchen porque se da cuenta de que él es un besabebés, y de que Gretchen es quien realmente tiene un proyecto político estructurado.

¿Y a Gretchen la identifican con el azul de los demócratas?

Sí, sí. Ahí brota el inconsciente político de la serie. Por eso digo que es progresista, dado el marco ideológico. Más que tener una posición concreta, en muchos productos culturales lo que emerge, en tanto que síntomas de un contexto sociohistórico, es la tensión ideológica. Esto es una cosa clave de la crítica ideológica de la cultura: un producto cultural, más que ser de izquierdas o derechas, muestra la contradicción inherente a la estructura social de la que es síntoma. Y el balance general de La Banda del Patio, desde mi punto de vista, es positivo. Tiene muchas cosas… El poeta se enamora en un momento dado de su profesora de piano, pero veo entre Mickey y Gus un componente homoerótico clarísimo. Desde el punto de vista feminista, el género no es tan rígido… Sin más. Creo que el balance es positivo, que esa serie nos educó bien.


Y de todos estos universos, series y películas, ¿hay algo que notes especialmente presente en lo que escribes?

Sí. No sabría decir ahora mismo cómo, pero supongo que en la forma que tengo de escribir se filtran lenguajes de muchas esferas. Creo que en mi forma de escribir, en los dos libros que tengo publicados, se filtran muchísimos intertextos. Desde la publicidad de Spotify hasta los dibujos animados.

¿Y notas alguna constante en esas filtraciones continuas? Algo que siempre vuelva. Aladdín, La Banda del Patio... Algún tono que persista y digas: “Pues se me ha quedado ahí y forma parte de mi estilo”.

Quizá, psíquicamente, los dibujos animados sean como un espacio regresivo previo a la castración... No se me ocurre ahora de qué manera se podrían haber filtrado a nivel formal.

No tiene que ser a nivel formal. El estilo también es la intención de un libro. Pero no tienes que darme una respuesta. Podemos dejar la pregunta en el aire.

Lo que diría es que lo que escribo es fronterizo en el sentido de que incorpora códigos diferentes, de muchas esferas. También en la propia forma, sobre todo en Qué hubiese sido de mí sin los velociraptors, la exuberancia, la repetición… Son cosas importantes. Creo que reproduce ese ruido horrible de la infosfera, de todos los elementos a los que estamos enfrentados. Estar trabajando, contestando emails, leyendo a Deleuze después de ver un capítulo de La Banda del Patio, de fumar un cigarrillo, de comer un puñado de edamame, y que luego se cuele un anuncio en el vídeo, y que el algoritmo de Spotify te sugiera una canción de Britney Spears, y así. Esa experiencia de lo contemporáneo es la que quería reflejar formalmente.

A raíz de lo que has dicho, y corrígeme si me equivoco, creo que lo que intentas conseguir muchas veces en tu poesía es que la imagen residual pase a ser una imagen destilada.

¿A qué te refieres con imagen residual?

Pues a un remanente que se te queda en la cabeza al enfrentarse a todo este ruido que mencionas y que propones sobre todo en tu último libro. Parece que esos residuos y esa basura que te echan encima, llegado el momento tú la coges y le sacas punta y la utilizas para marcar un punto concreto del mensaje que intentas transmitir. Lo digo en ese sentido. Creo que tu libro es a menudo muy visual, de ahí que utilice la palabra imagen.

Yo creo que, respecto a los dos libros… Dios tenía la misma consistencia del Pato Donald es un poco menos experimental, dentro de que creo que es bastante experimental comparado con otras propuestas. Bueno, esto está quedando un poco caótico. Luego lo ordenamos en la edición... [Risas] Digo que en el segundo libro se tira del hilo propuesto en el primero… De hecho, se lee como una continuación. Se repiten motivos. Así lo he previsto, como una gran estructura de rizoma en su conjunto. Y el tercer libro que estoy escribiendo también. El tercero será el último, y ya se cierra esto... Total, que el segundo es exuberante, barroco, por así decirlo… Suelo dedicar la noche a la escritura “creativa” y la mañana un poco más a lo técnico y lo organizativo… La noche para la alquimia del verbo, porque estoy más trastocado y tal, y la mañana, que siempre es más límpida e higiénica, pues para el orden… Y como muchas veces al escribir estaba escuchando en Spotify, yo qué sé, un disco de The Cure o cualquier cosa, y de repente saltaba un anuncio [Imita la voz de los anuncios] “¿Has descubierto Premium?” [Risas] Y yo pensaba: “Dios, qué humillante, ¿no?”. Estás ahí, haciendo tus movidas, y a lo mejor estás triste o preocupado o apagado porque has discutido con tu pareja, y de repente el sistema te humilla con esos anuncios. Reflexiones desde la vida dañada. Quizá estés llorando por algún motivo, y te pones una canción de The Cure para relajarte un poco, y de repente CHAS [Risas], cae todo el peso de la economía de mercado sobre tu subjetividad. “¿Has descubierto Premium?”. Esos momentos me parecen sociológicamente relevantes… Que es lo que tiene consumir gratis estos productos culturales, que trafican con tus datos para venderte basura de Aliexpress, y que caigas en la trampa… Trafican con tu información de la forma más horrorosa posible, y me parece que una literatura que permanece ajena a eso… No entiende de qué forma… De qué forma…

¿Va a conectar con el espectador contemporáneo?

O sea… Hay una frase de Adorno en su Teoría Estética que dice algo así como: “No puedes estar escribiendo sobre los pajarillos en el bosque cuando el bosque es sobrevolado por un avión”. Eso es un poco lo que pienso. No de una manera militante, sino por mi propia experiencia. Estamos confrontados a una vivencia de lo contemporáneo llena de ruido, ¿sabes? Porque me pongo ahí, movido por la alquimia del verbo, y de repente me salta el anuncio en YouTube, y digo: “Es que realmente este es el asunto”. Creo que estoy siendo muy poco concreto al explicar esto.

No, yo te estoy entendiendo. Se trata de la programación que esta basura publicitaria y este ruido generalizado te inculca como comprador en potencia. Es lo mismo que las personas que se someten al formato marcado por esta red social de vídeos, no sé cómo se llama…

Tik tok.

Eso es, Tik tok. Pues cuando una persona se deja llevar por el formato marcado por esta cascada de vídeos de poquísimos segundos de duración, necesariamente va a trasladar y aplicar el ritmo extraído de esa plataforma a cualquier otro formato que se le presente. Esto se traduce en una pérdida de atención ante mensajes que excedan la extensión a la que uno se ha acostumbrado.

¡Total!

Y lo mismo pasa con el cine, por ejemplo. Las películas duran una media de dos horas porque así el cine puede vender tres sesiones diarias en lugar de dos o una. El formato nunca es ajeno a los requisitos de consumo.

Sí. Es que sobre esto hay mucho que decir… Aunque creo que en el conjunto de la poesía actual española mis textos son experimentales, me siento a la vez bastante en guardia con respecto a las redes sociales, porque entiendo que suelen funcionar como una trituradora de la cognición. La cognición está absolutamente mediatizada por la tecnología. Las pre-condiciones biológicas de la cognición no son nada comparadas con su despliegue socio-técnico: el lápiz, el teclado, la pantalla, la página, el papiro o el dispositivo técnico de producción cognitiva que toque en cada época histórica. Eso por ejemplo es una reflexión que formalmente incorporo en la exuberancia de Qué hubiese sido de mí sin los velociraptors. Supongo que te habrá pasado que por razones laborales, académicas o lo que sea, has estado algunos días o semanas sin leer, sin pasar dos o tres horas sentado, leyendo, y de repente te cuesta mucho más. Porque has pasado tanto tiempo comiendo social media de peña cocinando espaguetis con queso feta y con cherrys que dices: “Dios, ahora se me complica la lectura…”. Vamos, porque esto no solo mediatiza la cognición en un sentido racional-académico o lecto-escritor… Esto mediatiza hasta la sexualidad. Los vídeos de XVideos o de PornHub o de YouPorn, son videos que duran… Esto me lo dijo una amiga hace poco… Generalmente la media es unos diez minutos… O sea que está previsto que tengas un orgasmo en unos diez minutos. Fíjate de qué manera lo audiovisual, y esa determinación tecno-económica de la experiencia cultural, de la experiencia de cuerpo, determina incluso tu orgasmo. Es que es profundísimo cómo el impacto de la economía política, de la tecnología determina la experiencia de lo simbólico, de lo imaginario, de lo real del cuerpo… Y de la sexualidad, del amor, del deseo. En fin... Y eso tiene mucho que ver con mi forma de escribir, claro, cuando meto código binario, cuando meto imágenes ruidosas, cuando cambio de tema abruptamente...

Es en esos cambios de tema donde reflejas el ritmo. El ritmo que te marca la contemporaneidad tecnológica, cualquiera que sea su forma, en el que parece que hay alguien dándote toquecitos en la cara para que te espabiles y compres algo. Eso se refleja en tu poesía. Es muy divertido, porque estás interrumpiendo a una persona y al final… Es como esto que decía Nietzsche, de que quien ataca al rey lo consolida en su trono. Tú atacas la atención que el lector o lectora deposita en tu poema a través de un anuncio que reconoce, produciendo un paréntesis. Entonces casi que obligas al lector a pasar de ese anuncio para regresar al poema. Rediriges a la persona hacia la poesía mediante aquellos ritmos y recursos que la separan de ella. En tu caso son poemas largos que, como dices, se contraponen a las apuestas de otras editoriales más comerciales, en las que los poemas parecen hechos para sacarles una foto y subirlos a Instagram.

Absolutamente. Bueno, esto que dices me parece superinteresante. Podría hablarse de un paralelismo de estas estructuras en ciertos libros que tienen una línea estética que casi parece que los poemas se suceden como instantáneas, como el timeline de una cuenta de Instagram… ¿no? Cuando estuve en la playa, cuando fui a comer en no sé dónde, cuando fui a la biblioteca, la foto de un café, la foto de una pila de libros, la foto de un atardecer... Mis dos libros no tienen nada que ver con eso, porque frente a esos textos donde los poemas se suceden como tapas en una comida, lo que hago es desplegar el rizoma y las repeticiones, que se van reformulando, plegando, doblando, constelando, hojaldrando con nuevas connotaciones.

Como que no tiene sentido leer un poema suelto de tu libro. Hace falta leerlo todo de principio a fin.

Absolutamente. Bueno, hay uno que sí, que es el de Petit objet a:

         el yo como disfraz de la estructura

         la estructura como disfraz de la cosa

         la cosa como silencio definitivo

Sí que hay algunos que son más como una pieza de nigiri, pero cuando alguien me pregunta: “¿Qué textos podemos poner del libro?”. Yo pienso: “Pfff… ¡Ninguno!” [Risas] Porque como cosa separada no funciona tan bien. Y para mí eso es una ventaja.


¿Eras de Pokémon o de Digimon?

Pues, como la mayoría de la gente, era de Digimon en la serie de televisión… Hace poco estuve tocando al piano la intro [Canturrea]: “Desde que el mundo cambió…”.

[Risas]

Pero de Pokémon para el videojuego. De hecho he revisitado mucho Pokémon y… Yo por ejemplo me llevo mucho con Jorge y Pablo Velasco Baleriola, que también escriben. Jorge publica su primer libro pronto, y Pablo tiene dos publicados, uno de ellos ganó el…

Irreconciliables.

Sí.

Patchwork. Es un libro magnífico.

Totalmente. Y creo que estamos muy en la misma onda Pablo, Jorge y yo, aún siendo tan diferentes. El caso es que nosotros utilizamos mucho como referencia los pokémons para referirnos a las personas. Por ejemplo, el matón futbolista delantero pichichi es el machop, el turista es el rattata, y así… Hemos viajado mucho juntos. Cuando teníamos dieciocho, diecinueve, veinte, veintiún años… Viajábamos por Europa, nos perdíamos. A veces a dedo… Por Bulgaria, y por no sé dónde… Y cuando íbamos viajando, siempre hacíamos etnografía profana utilizando los pokémons… De alguien traumatizado decimos, por ejemplo, que es un Marowak. Sabes que Marowak en Pueblo Lavanda tiene puesta la calavera...

[Risas] Sí.

Pues eso. No sé. Que todo el imaginario de Pokémon como que lo sacabamos continuamente a relucir.

¿No crees que eso es generacional? Yo me identifico perfectamente con lo que estás diciendo, de haber dicho eres más tonto que un psyduck, etcétera…

¡Ojo! No comparto esa lectura de psyduck. La lectura que hacíamos Pablo y yo de psyduck era que es tan inteligente que le duele la cabeza de estar siempre pensando de más. No es que fuese tonto como el Slowpoke o el Magikarp, que son pokémons tontos. Psyduck es un pokémon tipo psíquico, que es el tipo de pokémon de la gente inteligente ¿no? Frente al pokémon tipo roca, que es el pokémon de los tontos. A Psyduck le duele la cabeza. Tiene tanta efervescencia que está como en ensoñaciones, incapaz de realizar las operaciones cotidianas básicas.

Eso es cierto, pero a nivel comportamental es como el Ralph de los pokémons. Pero como te digo creo que es generacional. Las personas de nuestra edad que hemos crecido con el videojuego, haciendo de ese mundo nuestro espacio mental, creo que es imposible que no identifiquemos, o intentemos identificar lo que nos llega del exterior, con las formas que hemos extraído de ahí.

Sí, leer el espacio de lo social con la clave ideológica de Pokémon… Lo rocoso frente a lo acuático. Lo acuático como representación de lo femenino, como siempre lo ha sido en los modelos semióticos transhistóricos que heredamos en la cultura, frente a la tierra o la roca de lo masculino… Brock frente a Misty…

Hay algo horoscopero ahí, ¿no crees? “Tú eres un bulbasaur y yo un charmander, así que no nos vamos a llevar bien en la puta vida, porque tipo hierba y tipo fuego son enemigos”. Nos han instaurado una especie de carta astral.

Sí, pero quizás más en el ámbito europeo.

Claro.

Porque en Japón tienen el sintoísmo, y el budismo; que difieren enormemente de la tradición judeocristiana.

Está claro. No tienen el dualismo tajante que tenemos aquí. Yo te hablo desde la perspectiva española. Las chicas son el agua, los chicos la roca. Lo no binario no tiene mucha cabida en Pokémon.

Yo era tipo siniestro. Me molaban los gengar. Me molaban los de tipo dragón también…

¿Cuál escogías al principio?

Pues escogía a squirtle porque el primer gimnasio era de tipo roca, y no quería pasarme ochenta años entrenando a un bulbasaur para que tuviese suficiente nivel para matar a un geodude… Por cierto que Jorge, Pablo y yo tenemos siempre la broma de que geodude es igual que Emnanuel Carrère. Si pones una imagen de Emmanuel Carrère y otra de Geodude verás que son muy parecidos.

La pondré. Justo debajo de esta pregunta aparecerán las dos.

Vale! [Risas]


Y eso. Cogía a squirtle porque era más versátil.

Pues a eso voy. Te puedo trazar la carta astral. Empiezas en Squirtle y llegas hasta el tipo siniestro. Ya sé por dónde vas.

Y luego el gyarados rojo, ese tienes que llevarlo. Y un snorlax. Y un gengar 100%.

¿Y un dragonite?

Por supuesto. Siempre.

Te veo muy metido [Risas]

Es que ya te digo que hoy, con muchos amigos y amigas, utilizo esas metáforas para referirme a los asuntos de la vida cotidiana.

Si te encargasen escoger tres libros de la literatura española contemporánea que vayan a ser los únicos en salvarse de una guerra apocalíptica brutal, ¿cuáles serían?

No quiero elegir tres libros, así que elegiría sólo uno: El mal de Montano, de Enrique Vila-Matas.

Dime un escritor o escritora que admires mucho y otro/otra que detestes mucho, pero no me digas cuál es cuál.


Por decir algo: Ottesa Moshfegh y Arturo Pérez-Reverte.

Ahora tienes que darme un titular por año, ¿vale? El que tú quieras. Yo te digo el año, tú me das el titular.

Vale.

2022.

“No tan guay como creemos”.

2023.

[Se lo piensa mucho] Bueno, cuando estábamos en la pandemia fuimos a Murcia, mis hermanos y yo, que tengo dos hermanos pequeños… Y estábamos allí, y mis hermanos estaban jugando al Call of Duty: Warzone… Y recuerdo que alguien hizo una broma: “Al final el mundo va a ser Mad Max con streamers y paquetes de Amazon”. Así que mi titular para el 2023 es: “Espero que la pandemia no haya acelerado tanto las condiciones del capitalismo como para que lleguemos a una economía Mad Max de streamers y paquetes de Amazon”.

[Risas] Te viene con mala leche el 2023.

Es que estoy muy desconfiado del mundo post-pandemia, porque lo que ha hecho la pandemia es catalizar un proceso histórico que estaba ahí, que era el de la digitalización de la economía, y la digitalización de la economía no pasa de momento por la redistribución… Temo que el impulso de democratización que vino con esa primera ola de Occupy Wall Street, el 15-M y otros muchos movimientos articulados entorno a internet haya perdido su fuelle…, sobre todo viendo la articulación de grupos de jóvenes de extrema-derecha en internet. A día de hoy lo que han conseguido las políticas empresariales es convertir el bosque de internet en una pura arborescencia algorítmica que orienta a todo tipo de microconsumo absurdo de la forma más minuciosa en autovías del deseo. Una economía de mercado totalmente cutre. Lumpen de espíritu. Por eso creo que cuando termine la pandemia, o cuando se reduzca su potencia, lo que vaya a quedar de la economía de mercado sea justamente lo peor: todo ese capitalismo digital anabolizado, una economía de estar encerrado en casa recibiendo paquetes de mercancías que al final son absolutas chorradas. Yo qué sé… “Voy a comprarme una figura de pikachu de veinte euros por Aliexpress”. Yo qué sé. Espero que 2023 no sea tan así, y que la vuelta del Estado se produzca de una vez por todas.

De acuerdo. Entonces, ¿un titular para 2030?

2030! No puedo predecirlo…

Puedes especular.

¡Pues sigo con esto! Que no se convierta la sociedad en un espacio de polígonos llenos de paquetes de Amazon, que no cuaje ese espacio interior de la casa hikikomori en la que solo cabe una relación con el exterior vehiculada por el social media... No sé.

Veo que este tema te preocupa.

Hay un libro bastante célebre, Capitalismo de plataformas, en el que se detalla la última transformación que ha sufrido la economía de mercado, y habla de todo esto… El aumento del paro juvenil ligado a la digitalización de la economía, etc. Y no sé. Evidentemente, frente a esto es crucial la renta básica. Pero lo veo bastante crudo, tal como las fuerzas imaginarias de la sociedad dominan por el momento nuestras subjetividades. La pandemia, como fenómeno azaroso, le ha cuadrado mucho al capitalismo de plataformas. Todo el mundo haciendo chorradas en casa. Poetas por instagram, guitarritas, dibujitos… Contenido cutre para que Instagram meta publicidad. Pereza absoluta. Lo que espero del 2030 es que el mundo no sea un descampado lleno de almacenes de Amazon.

[Risas] Yo también lo espero.

Ojo, eh! Es complicado! Oye, en Murcia han abierto uno enorme. Hace unos días iba a Cartagena, e iba a visitar a mis abuelas y tal, y vi que acababan de abrir un almacén de Amazon descomunal. No es el desierto, sino el descampado de lo real. [Traza una línea horizontal con la mano] Esto era la promesa del mercado: un puro descampado. La huerta de al lado con los temporeros inmigrantes a los que les pagan cuatro duros, y los terratenientes que todavía se quejan porque Yolanda Díaz les manda una inspecciones de trabajo, y acaban todos empapelados… ¿Eso? ¿De verdad? ¿La gente en el paro y el mega-almacén de Amazon? ¿Así se tiene que estructurar un país? ¿Qué economía de la basura es esa? ¿A quién satisface? Y, sobre todo, ¿dónde está la pasta? Es una catástrofe, es neoesclavista, pura barbarie.

Bueno, de Amazon ya sabes quién es.

Sí, sí. Bueno, Jeff Bezos ha dimitido como CEO. Y ahora quiere conquistar el espacio. Pff.

¿2050?

No sé… Idealmente, dirigirnos hacia algún tipo de república intergaláctica [Risas].

[Risas]

[Risas] No sé qué tan rápido puede ir el mundo.




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